Sweet and Lowdown

Por Jorge Carnevale

En Hollywood, las biografías de músicos populares arrastran una serie de lugares comunes: se trata de sujetos sensibles, incomprendidos por su época y su entorno, que regalan melodías estupendas entre arrebatos de furia. Buena gente, en suma, castigada por una sociedad hostil. Woody Allen invierte el cuadro en esta sutil, inteligente y fraudulenta aproximación a la figura de Emmet Ray, formidable guitarrista de jazz en los ‘20 y los ‘30, un talento apenas empañado por la sombra del gran Django Reindhart. Allen dibuja la trayectoria de un canalla. Borrachín, proxeneta, cleptómano, jugador, a Ray sólo lo redime su labor en la guitarra. El tipo se mueve estafando y usando a la gente en su provecho. Difícil simpatizar con un personaje semejante, pero Sean Penn se encarga de que lleguemos a sentir una infinita piedad por una criatura tan sola, que no ha hecho otra cosa que equivocarse en la vida. De Nueva Jersey a Chicago, de Detroit a Hollywood, Ray va quemando sus mayores oportunidades y destruyendo sus más entrañables afectos, siempre aferrado a una falsa imagen de ganador que no convence a nadie. Allen encara una suerte de falso documental, un poco a la manera de "Zelig" o de "Broadway Danny Rose". El personaje se arma y desarma a través de los testimonios de quienes lo conocieron (músicos, amigos, críticos, editores). Emmet Ray amaba la Luna y los trenes, a su manera era un soñador condenado, un perdedor vocacional. Su contracara es Hattie, esa mudita deliciosa y sufrida a cargo de la prodigiosa Samantha Morton. Ella aparece como el necesario espejo de las piruetas patéticas de Ray, acaso un genio que se dispersa en mezquindades. En la banda sonora, treinta temas tradicionales con arreglos de Dick Hyman constituyen el comentario obligado a esta comedia agridulce, uno de los mejores trabajos de Allen en mucho tiempo.

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