Sweet and Lowdown

Woody Allen, en su mejor forma

Por Pedro B. Rey

15 de junio de 2000

Los embates de la crítica contra "Celebrity", el film previo de Woody Allen, no acaban de apagarse. Según los pronósticos agoreros emitidos tras su estreno, el maestro neoyorquino habría perdido el pulso para retratar los ajetreados tiempos que corren y se habría escudado en una máxima warholiana demasiado añeja.

A estas alturas de su prolífica carrera, Allen probablemente sea refractario a ese género de críticas. Pero no deja de ser singular que el siguiente film, "Dulce y melancólico" (el último es "Small Time Crooks", que acaba de estrenarse en Estados Unidos), tenga como antecedentes a "Días de radio" o "Disparos sobre Broadway", otras dos deliciosas comedias de época.

Homenaje al jazz, no se trata de un elogio afectado y nostálgico, como podría indicar su título. Es en realidad una suerte de pequeño Woody Allen ilustrado, donde lo dramático adquiere visos de comedia, donde se contrasta con tacto la relación entre arte e individuo, el amor y la carencia afectiva y también los complejos laberintos de la verdad, la falsificación y el mito.

La historia cuenta la vida de Emmet Ray, un guitarrista de jazz tan virtuoso como imaginario que habría quedado en el olvido, entre otras razones, por sus escasos registros discográficos. Los testimonios del propio Allen, devoto apócrifo, y algunas autoridades en la materia, como Nat Hentoff, le dan a la narración visos de verosimilitud documental. Emmet es un artista genial, pero no lo que se dice una persona recomendable. En los comienzos del film lo vemos ganándose la vida como proxeneta o faltando a su propio concierto. Es frío, jactancioso, cleptómano. Se relaciona con una muchacha muda, primero, para después casarse, indolente, con una mujer sofisticada, con ínfulas de escritora. Pero lo único que realmente lo emociona es ver pasar los trenes, matar ratas y la música de Django Reinhardt, que puede escuchar durante horas con lágrimas en los ojos. El europeo Reinhardt es en realidad su doble, su contracara y también su condena. "Dicen que soy el mejor guitarrista -asegurará más de una vez Ray, con inobjetable pedantería-, aunque también está ese gitano que lo hace muy bien."

La historia es de aristas dramáticas, pero Allen sabe dosificarla, como es habitual, con escenas desopilantes. Algunas de ellas antológicas, como cuando el guitarrista se encapricha en descender hasta el escenario montado en una luna de utilería. O también la triple versión (al mejor estilo Rashomon) que circula sobre el desastroso final de su matrimonio.

Lo único que le faltaba a "Dulce y melancólico" eran intérpretes notables. Allí está Sean Penn, rozando la perfección. No sólo le otorga a su personaje una gestualidad plagada de manías y tics magistrales. También se permite la hazaña de volverlo, al mismo tiempo, detestable y querible. Asimismo, sobre el escenario, colabora con la mistificación al posar cada nota en el lugar que corresponde, como si el que aparece en la pantalla fuera (por fin real, de carne y hueso) un tal Emmet Ray. Samantha Morton es un hallazgo en la piel de Hattie, un personaje que funciona como todo un tributo al cine de los primeros tiempos. Y Uma Thurman, la fatal y aventurera Blanche, es una perfecta criatura del universo alleniano, obsesiones psicoanalíticas incluidas.

"Dulce y melancólico" es, en resumen, un regreso a la mejor forma del director: un homenaje a la música, al arte en general y a los individuos que lo producen, por agradables o detestables que sean.

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