Sweet and Lowdown

Jazz, amor y fantasía

Por Fernando López

10 de junio de 2000

El jueves se estrenará "Dulce y melancólico", un film donde el director hace, una vez más, su catarsis personal para lograr otra pintura humana universal

La última nota reverbera hasta apagarse en el brevísimo silencio que precede al aplauso. Satisfecho, el solista se vuelve hacia sus acompañantes: "Todos han tocado muy bien; especialmente yo".

Emmet Ray, como se ve, no es precisamente un modelo de humildad; en realidad no es modelo de nada: todo lo contrario. Pero cuando abraza la guitarra y coloca los dedos sobre las cuerdas para acometer "Limehouse Blues" o "Sweet Georgia Brown", parece que todo se contaminara con la belleza de su sonido: es un superdotado. Por eso nadie lo contradice cuando asegura que en el mundo sólo hay un guitarrista mejor que él... y se llama Django Reinhardt.

Apoyado en ese personaje que confió a Sean Penn (con tan buen ojo que el actor terminó siendo candidato al Oscar por su desempeño), Woody Allen se ha dado el gusto de concederle el primer plano al jazz, una de sus pasiones declaradas, ésa que siempre tiene un lugarcito asegurado en sus películas. El jazz de los años de oro -el que maduró en figuras como las que él juzga las tres más grandes de la historia del género: Louis Armstrong, Sidney Bechet y Django Reinhardt- es el verdadero protagonista de "Sweet & Lowdown", film que Eurocine ha rebautizado "Dulce y melancólico" para su estreno en nuestro medio.

Un mito a medida

Allen ha confesado que soñó durante muchos años con filmar una biografía de Sidney Bechet. Pero afrontar ese proyecto acarreaba dos dificultades grandes. Una, de costos: había que contar con una producción muy generosa para recrear la época y los lugares por los que transitó el célebre saxofonista, de Nueva Orléans a Chicago y de Detroit a París. La otra, formal: había que ceñirse a la historia, ser fiel al personaje real, lo que limitaba sensiblemente su libertad como creador. Por eso desistió.

Pero Woody Allen sabe bien que en cuestiones artísticas la mentira suele ser un buen camino para llegar a la verdad, de modo que imaginó un personaje, le inventó una personalidad y una historia y falsificó una especie de documental para poder hablar del jazz, de su espíritu y de todo lo que lo rodeaba en los tiempos del swing. Una biopic, como le dicen los norteamericanos, y con todos sus ingredientes, incluidos los testimonios de estudiosos tan autorizados en la materia como Nat Hentoff y de fanáticos tan reconocidos como el propio Woody.

"Sin la obligación de la biografía, podía convertir a Emmet en un tipo egoísta, divertido, ridículo, fanfarrón; en todo lo que me pasara por la cabeza", razonó el realizador de "Zelig". Así lo hizo. Y remedó esa imprecisa mezcla de realidad y fantasía que suele fundirse en la creación de los mitos.

Retazos

"Los mitos del jazz se han generado tradicionalmente de forma oral. En realidad, nunca puede saberse dónde termina la realidad y empieza la leyenda", reflexionó. Y puesto a recrear su mito propio, lo vistió con las ropas que tomó prestadas de muchos grandes del género. "Jelly Roll Morton, por ejemplo, se ganaba la vida a costa de sus mujeres; King Oliver no se separaba de su revólver, Django Reinhardt se pasaba horas mirando los trenes. Todas características que le adjudicó a Emmet Ray.

Del legendario gitano fundador del quinteto del Hot Club francés también tomó Allen la idea para una de las escenas más graciosas y celebradas del film, la que muestra a Sean Penn tocando la guitarra mientras hace equilibrio en una medialuna amarilla que desciende sobre el escenario. "Se dice que Django soñaba con ese complicado artilugio escénico -ha aclarado Allen-, pero nunca llegó a concretarlo."

Emmet es, según reconoció Woody, una combinación de varios músicos de las décadas del 20 y del 30. Episodios reales o adjudicados a Bix Beiderbecke, Hoagy Carmichael o Louis Armstrong también contribuyeron al retrato de este personaje excéntrico y contradictorio. "Cualquier conocedor del jazz -escribió uno de los más reputados, Ira Gitler- sabe que Emmet Ray nunca existió realmente; pero estará de acuerdo en que bien pudo haber existido."

El protagonista de "Dulce y melancólico" es un genio con la guitarra y tiene pasión por el jazz; nada hay para él por encima de la música. Pero cuando deja de tocar muestra sus costados más oscuros: es mezquino, vanidoso, irresponsable, cleptómano, bebedor, inmaduro y terriblemente desdichado.

Cómo hacer que semejante personaje no mereciera el rechazo del público -y aún más: que pudiera despertar alguna simpatía- fue uno de los dilemas que debió enfrentar Woody Allen. Y como prefiere no darle el crédito a su ingenio asegura que lo resolvió confiándole el personaje al actor exacto. "Elegí a Sean Penn para interpretar a Emmet porque creo que es uno de los pocos actores capaces de afrontar un personaje cruel, ridículo y pedante y conseguir que el público sienta simpatía por él"; algo parecido, añade, a lo que lograba Marlon Brando en "Un tranvía llamado deseo".

Cerca del Oscar

Es casi habitual que de los elencos de los films de Allen surjan candidatos al Oscar. Penn no fue el único que estuvo cerca de la estatuilla esta vez. También la joven actriz inglesa Samantha Morton fue seleccionada por la Academia, en su caso en el rubro correspondiente a actrices de reparto por su interpretación de una de las dos mujeres que ocupan un lugar importante en la vida del músico; la otra es Uma Thurman, que encarna a la sofisticada seudointelectual que consigue arrastrarlo al matrimonio.

El de Morton es un personaje mudo. Hattie, la mansa, ingenua lavandera huérfana que el músico encuentra en el muelle de Atlantic City y que lo adora incondicionalmente pese a sus repetidas bajezas fue concebida por Woody como la contracara del protagonista. "Cuando hablé con ella por primera vez -ha declarado- le pedí que encarara su personaje como Harpo Marx. Samantha ni siquiera había oído hablar de los Hermanos Marx: es muy jovencita. Pero se volvió a Inglaterra, consiguió muchos videos de ellos y cuando volvió estaba en condiciones de representar a Harpo perfectamente. Demasiado."

Woody tuvo que explicarle que no debía haberlo tomado tan al pie de la letra, pero la experiencia le fue muy útil, a la actriz, que a los 22 años ya ha aparecido en unos cuantos films independientes y obtuvo un premio de los críticos de Boston por su trabajo en "Under the Skin", de Carine Adler: "De su talento enorme -ha resumido el director- habla por sí sola su magnífica creación".

Blues y melancolía

Esta vez, Woody Allen sólo asoma como uno de los que aportan su testimonio para reconstruir el breve tiempo de gloria de aquel genio del jazz que desapareció sin dejar rastro, excepto en un puñado de admirables grabaciones y en la memoria emocionada de quienes tuvieron oportunidad de escucharlo. El falso documental juega el juego de las apariencias con tanta convicción que más de un espectador desprevenido habrá corrido a la disquería en busca de alguna de las legendarias grabaciones de Ray.

Y ése, el estrictamente musical, es por supuesto, un costado que Woody Allen no descuidó. Dick Hyman, su colaborador habitual, se hizo cargo de los arreglos y la dirección musical. Y fue Howard Alden, el guitarrista californiano reconocido muchas veces en la última década como el más brillante de su generación, el que se encargó de "recrear" el legendario y mágico toque de Emmet Ray. En la banda sonora también se oye a Django Reinhardt, a Sidney Bechet y a Bunny Berigan, entre otros, y sobran las melodías familiares, de "Caravana" a "Avalon" y de "All of Me" a "Mermelada de clarinete".

En la nómina de los restantes integrantes del staff técnico y artístico vuelven a aparecer nombres bien identificados con el cine de Allen, como el diseñador de producción Santo Loquasto o el productor Jean Doumanian, que financió sus últimas siete películas y de quien se desvinculó no hace mucho para suscribir un acuerdo con DreamWorks, la empresa de Spielberg, Geffen y Katzenberg. En "Dulce y melancólico" -como en "Small Time Crooks", el film que dio a conocer hace escasas semanas, Woody contó con nuevo director de fotografía, el chino Zhao Fei y con nueva montajista, Alisa Lepselter. El elenco, vale anotar, incluye a Anthony LaPaglia, Brian Markinson, Gretchen Molm y James Urbaniak, además de los ya citados.

En cuando al título original, vale la pena anotar que "lowdown" equivale a bajo, ruin o despreciable, pero es una expresión que se utiliza en el jazz para caracterizar un estilo intenso, pensativo y tristón. Woody, que no da puntada sin hilo, quiso jugar con el doble significado. Tanto se refiere al modo expresivo del músico "evocado" en el film como al contraste que se establece entre la dulce Hattie y el canallesco Emmet. Y en ese punto, sobre todo en el parentesco con Gelsomina que puede adivinarse en la candorosa mirada de la lavandera, algunos críticos han creído descubrir, otra vez, la sombra de Fellini, uno de sus maestros.

No resulta extraño. Si el modelo de "Amarcord" se traslucía en "Días de radio" y el de "La dolce vita" en la más reciente (y subestimada) "Celebrity", bien es probable que al concebir este a veces despiadado retrato del artista en su accidentado vagabundeo (y al poner a su alcance la redención en los ojos de un ser simple y sin malicia), el autor de "La rosa púrpura de El Cairo" y "Maridos y esposas" haya deslizado su homenaje a "La strada".

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