Small Time Crooks

Allen, liviano pero irresistible

Diego Batlle

"Ladrones de medio pelo" ("Small time crooks", Estados Unidos/2000). Guión y dirección: Woody Allen. Con Woody Allen, Tracey Ullman, Hugh Grant, Tony Darrow, George Grizzard, Jon Lovitz, Elaine May, Michael Rapaport y Elaine Stritch. Fotografía: Zhao Fei. Edición: Alisa Lepselter Diseño de producción: Santo Loquasto. Presentada por Eurocine. Duración: 94 minutos. Para todo público.

Nuestra opinión: buena.

Con 33 largometrajes filmados, Woody Allen es uno de los pocos autores contemporáneos que garantiza al espectador un piso de calidad alto. En ese contexto, "Ladrones de medio pelo" aparece como una comedia menor y en muchos sentidos algo superficial y previsible, pero que al mismo tiempo resulta tan cordial como irreprochable en su factura.

A partir de algunos logrados gags en el estilo de los hermanos Marx, ciertas reminiscencias del cine de Mario Monicelli, homenajes a los policiales negros que la Warner produjo en los años 30 y un ritmo de comedia física y verbal en la línea del gran Ernst Lubitsch -una de las principales fuentes de inspiración de Allen-, "Ladrones de medio pelo" cumple con el propósito primordial de entretener y de despertar una sonrisa casi permanente (aunque probablemente provoque escasas carcajadas).

Allen interpreta a Ray, un patético hombre que lleva 25 años de matrimonio con la dominante Frenchy (Tracey Ullman) y que, a pesar de haber pasado un tiempo entre rejas, sueña con hacerse rico robando un banco.

Pese a su escaso ingenio, ductilidad y experiencia, Ray es nombrado "el cerebro" de una banda integrada por otros tres típicos perdedores (Michael Rapaport, Jon Lovitz y Tony Darrow) que lo acompañan en un golpe tan ridículamente organizado como perpetrado: cavar un túnel desde un local ubicado a varios metros de la sucursal.

Pero en esta apuesta por el grotesco y por los reconocibles elementos del cine popular (insólitos golpes de suerte, segundas oportunidades), Ray, Frenchy y sus secuaces se convertirán en multimillonarios gracias al involuntario éxito de una empresa de galletas que inauguran como fachada, mientras pretenden llegar hasta el sótano del banco.

Tras esa hilarante introducción (que Allen cierra con un falso documental televisivo sobre los protagonistas devenidos en exitosos empresarios) arranca la película, que no es otra cosa que una satírica exploración de estos nuevos ricos, rebosantes de dólares y de vulgaridad, que intentan sin éxito ingresar en los círculos de la alta burguesía de Manhattan.

Ni siquiera la aparición del distinguido David (Hugh Grant), que se transforma por interés personal en una suerte de instructor que trata de cultivar a la pareja en cuestiones tales como modales, ópera, vinos, pintura, vocabulario y literatura, logra hacer de estos queribles antihéroes seres medianamente presentables. "No tenemos estilo", se lamenta Frenchy, mientras compra ropa de marca, joyas y antigüedades haciendo gala siempre de su pésimo gusto.

El tema central del film -el advenimiento de los nuevos ricos frente al cinismo y el espíritu de clase de la aristocracia tradicional- ya ha sido tratado con inteligencia y humor en decenas de oportunidades, y Allen no resulta en este terreno demasiado despiadado ni profundo.

La fotografía del chino Zhao Fei y el diseño de producción de Santo Loquasto traducen a la perfección ese universo de brillos exagerados y colores chillones que jamás combinan en el que se mueven los ilusos protagonistas. Como es habitual, la banda de sonido (jazz y música clásica) hace honor a la tradición melómana de Allen. No ha sido editada por cuestiones de derechos.

Otro de los rubros en que el cine de Allen sobresale es el interpretativo: aquí, como para compensar la liviandad de la propuesta, aparece otro de los extraordinarios elencos que sólo él es capaz de reunir. Más allá de la excelencia de varios comediantes -Lovitz, Darrow, Elaine May-, el gran hallazgo del film es la inglesa Tracey Ullman (que ya había trabajado en "Disparos sobre Broadway"). Con cada una de sus apariciones en pantalla, con cada mínimo gesto de su rostro, con cada entonación y acentuación que le imprime a sus diálogos, ella convierte a "Ladrones de medio pelo" en una screwball-comedy que -aun con sus flaquezas- resulta imposible no disfrutar.

Copyright © LA NACION | Todos los derechos reservados

Volver