Todos Dicen Te Quiero

El encantador coro de Woody Allen

Por Claudio España

Esta vez, Woody Allen no se pone hermético ni reflexivo, aunque no se niega al juguete pensante. Prefiere una película enamorada para públicos que buscan el amor sin vueltas, sencillamente, cantando y con palabras llenas de flores. Mientras su ex mujer, Mia Farrow, le da con un palo en las páginas de sus libros, Woody Allen elige la buena noticia, el final feliz y la invitación a una segunda vuelta: tan queribles son los personajes y tan imposibles las situaciones en conjunto que dan ganas de creérselas.

Esta vez, dentro de una carrera múltiple en parodias, homenajes y sátiras melancólicas a las grandezas del cine, Woody Allen elige la comedia musical, género con el que apenas había probado. Un conjunto incomparable de buenos actores canta _a veces baila_ con sus propias voces, que no son siempre buenas, pero en esa audacia está el encanto.

Es una comedia musical donde el decir bien entonado está en los coros fuera de imagen y las excelencias coreográficas en los bailarines que llenan las escenas musicales (la argentina Graciela Daniele, con larga trayectoria en Broadway, es la autora de las coreografías). Frente al espectador, los protagonistas lucen voces ásperas o desentonadas, pero son las suyas y éste es un mensaje de candor tan contagioso como el cuidado con que les permite a las mujeres tomar decisiones, dejando a los hombres boquiabiertos o de rodillas, desconcertados por el desparpajo o la sensatez de ellas.

Hay dos familias en la trama, o una sola, lo mismo da. La dueña de casa, bien casada en segundas y con varios hijos, tiene una hija con el marido anterior, quien, de tanto ir y venir, lleno de inseguridades amorosas, se lleva bien con todos, los chicos y los grandes. La esposa es la espléndida Goldie Hawn, el marido es Alan Alda y el ex marido, Woody Allen. Una voz en off, la de la chica del primer matrimonio _Natasha Lyonne, un descubrimiento de Juliet Taylor, responsable constante del casting de los films de Allen_, construye las relaciones, cambia los tiempos _se marcan con el cambio de las estaciones en el Central Park, florido, llovido de otoño o nevado_ y establece con desfachatez el rasgo genérico del musical que nos ocupa: "No somos la típica familia de las comedias musicales: somos ricos".

A partir de semejante confesión de parte, la historia no tiene reparos en volverse "paqueta" _"paquetísima"_, con una familia upper class del East Side neoyorquino, que defiende el liberalismo, vuelve reales las fantasías que se mastican en el diván y toma el té o pasa la Navidad en París. Todo resulta una gran broma, pero es muy grato y reconforta tanta capacidad para darles calor a situaciones dramáticas que en otras realizaciones de Woody Allen fueron el agrio conflicto delator de soledades, angustias, traiciones y suicidios.

Sufrir riendo

El manojo de actores acepta hacer reír con caras de sufrimiento constante. El director los expone a varios planos-secuencia que obligan a actuar con nervio y convencimiento y deja la diversión para el público, que goza con el dolor impecable de tanta gente sin reveses económicos ni de trabajo ni de vivienda. La parodia no es gritada, pero no pierde la oportunidad de meter la cola.

El resultado es un fantástico cruce entre lo cómico y la comedia, entre la grosería de salón de Groucho Marx _evocado en un par de secuencias con una fiesta en traje y bigote de Groucho Marx_ y los musicales de Stanley Donen o Vincent Minnelli, con la evidencia de que "Sinfonía de París" ("An American In Paris", 1951, Minnelli) pasó por la imaginación de todos cuando Goldie Hawn y Woody Allen repiten la escena de baile a orillas del Sena, preguntando: "¿Te atacó la nostalgia? ¿Te acuerdas de aquel día?", y uno, sin remedio, ya babeando, rememora que es verdad, ya una vez, hicieron lo mismo Gene Kelly y Leslie Caron.

A Kelly y Caron los auxiliaba una técnica sublime; a Woody y Goldie los ayuda una computadora, ya lo verá el espectador.

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