Deconstructing Harry

El Pánico de Vivir

Por Claudio España

"Debes hacer la paz con tus fantasmas", le recomienda a Harry uno de esos fantasmas. Harry Block (Woody Allen) es un escritor que no puede dejar en paz a su propio pasado cuando escribe. La vida real se le hibrida sin tregua con la fantasía, en consonancia con su cotidiana y asumida, pero temible neurosis. Estos estados de ánimo con los que se topa a cada paso en el mundo concreto son la sustancia de Los secretos de Harry, aunque el misterio verdadero está en la relación con que esos seres ingresan, confabulados, en la apreciación agradecida del espectador.

Harry no puede evitar que los seres de la realidad -sus ex esposas y amantes, las prostitutas que frecuenta y cambia, su hijo y sus padres- se reconozcan en la letra de sus cuentos y novelas. Por eso mismo, lo buscan para quejarse y para atacarlo a tiros o lo hallan por casualidad, pero siempre el tema es cómo los ha tratado y si ha mentido o no al retratarlos. La otra verdad es que Harry sólo habla de sí mismo y apenas necesita de los otros para construir su propia alma. El film adquiere una notable trascendencia y tanta que hasta emula a Dante en el pergeño de un Inferno a su medida, con cadenas, aire acondicionado y flagelantes de película porno.

En su vida y en la literatura que crecen ante los ojos del espectador con vitalidad múltiple, segmentadas y prolíficas, sólo pesan las mujeres. O la mujer, a secas. Ellas fueron modelando los sentimientos y la conducta de Harry desde la adolescencia hasta volverse las protagonistas de su comportamiento y de su creación.

El humor, a lo grande

Hasta aquí, los hechos parecen serios, pero en la filmografía de Woody Allen -y Los secretos de Harry no es una excepción- el humor ocupa tanto espacio como su narcisística preocupación por trascender y salir del lugar común. Retruécanos, gags, frases felices de autocompasión, que enarbolan el ridículo más cómico, y situaciones imposibles en la vida cotidiana (en el día de un solo individuo por lo menos) delatan el ingenio de un genio indiscutible. Es cierto que éste es un segmento nuevo de una larga autobiografía que, en este caso, alcanza el film número 28, y que no debe haber nadie en la cinematografía a quien conocemos tanto por todos sus flancos como a este notable creador norteamericano, es cierto, pero en cada una de estas películas se toma el tiempo necesario para el gozo, la reflexión y la constante experimentación con las fórmulas del relato, tratando de diseccionarlas y de hacerlas tan protagonistas como a la anécdota misma.

El título original, Deconstructing Harry, alude a las teorías de la deconstrucción del francés Jacques Derrida que tanto afincaron en la cultura norteamericana del Este, donde quien puede no se pierde de hacer un curso en Columbia con este singular pensador. Allen entiende la deconstrucción -un neologismo- en el doble sentido a que apunta Derrida: la compleja fragmentación del objeto y el hecho de que, por las partes, se vuelve inteligible el núcleo, es decir el objeto de análisis. Seguro también, el título ironiza sobre esa moderna predilección de los intelectuales que corren a ver las películas de Woody Allen, que, por supuesto, no se priva de practicar aquella teoría en su modo de contar la aventura de Harry.

Sin embargo y sin dudas, la fidelidad de Allen -"Un personaje que no funciona en la vida puede funcionar en el arte", se dice finalmente- está puesta en el cine, su medio y el vehículo de sus espléndidas fantasías, esta vez y una vez más, insertos en la recuperación del universo del creador y de sus mujeres que modela la magia reminiscente de Ocho y medio (1963), inmortal obra de Federico Fellini e indudable fuente inspiradora de Los secretos de Harry. Basta como ejemplo la secuencia próxima al desenlace, cuando todos, en círculo y como fenómenos de circo, aplauden a quien los inmortaliza con su modo de entender el arte.

Un elenco vastísimo de primeras figuras -Judy Davis, estupenda-acompaña al muñeco al que Allen da cuerpo esta vez. Gracias a los rostros conocidos es posible para el público ganarle a Harry en entender cuando están en la realidad o en la fantasía. Juego de espejos quebrados, Los secretos de Harry sólo fue concebida para deleite de quienes viajan hasta el cine para reingresar en las constantes de Woody Allen: Dios, las mujeres, el psicoanálisis y el pánico de vivir.

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