Celebrity

Entre el Brillo y las Sombras

Marcelo Stiletano

8 de abril de 1999

"No quiero descubrir a los 50 que medí mi vida con una cucharita de café." Con la crisis de los cuarenta a cuestas, Lee Simon se atormenta en su monólogo interior mientras observa azorado la metamorfosis de sus antiguos compañeros de la secundaria, obesos, envejecidos y ganados por el conformismo.

Ese mundo alejado de cualquier atisbo de seducción obnubila al pobre Lee (que tiene el rostro y la admirable convicción de Kenneth Branagh pero exhibe en plenitud los tics, los balbuceos, las dudas y las inseguridades de Allen), cuya vida transita entre un aburrido trabajo escribiendo crónicas de viaje y un largo y poco satisfactorio matrimonio con Robin (la espléndida Judy Davis), una maestra de tendencias tan neuróticas como su marido.

Tras el divorcio, primero Lee y luego su mujer ensayan varios métodos como válvulas de escape para paliar las angustias de la rutina y del paso del tiempo. No bastan terapias, retiros espirituales o los retoques que pueda intentar un cirujano plástico bautizado "El Miguel Angel de Manhattan".

Lee es Woody Allen, sólo con otra cara y sin su vis cómica:no le cuesta vincularse afectiva y sexualmente con varias mujeres hermosas, pero lo hace entre tantas contradicciones e indecisiones que la plenitud siempre es una aspiración, nunca una realidad. El dilema se repite en un plano paralelo, el profesional, ya que Lee duda todo el tiempo entre concretar una novela y el guión para una película.

En su búsqueda paralela de plenitud afectiva, condicionada por una educación muy rígida y el sino de la culpa, las frustraciones de Robin parecen concluir cuando conoce por accidente a Tony (Joe Mantegna), un exitoso productor que la introduce en el mundo de la TV y le ofrece una relación estable y tranquilizadora. Pero el pasado, que vuelve una y otra vez, hace la aparente felicidad que vive esconda por detrás algún interrogante existencial.

Así, por propia voluntad o por azar, ambos deciden zambullirse por separado, pero a través de un camino en el que se reencontrarán más de una vez, en las agitadas aguas del mundo del espectáculo, un escenario ideal para que Woody Allen postule que casi no hay individuo capaz de resistirse a las tentaciones de la fama y de la notoriedad, ideas que se resumen en el título del film.

"Celebrity" (oportunamente conservada en su idioma original por los distribuidores locales) es una palabra inglesa que remite a conceptos como fama, renombre o notoriedad.

Hechizo irresistible

Para Allen, nadie puede resistirse al hechizo de convertirse en celebridad. Ni el sacerdote que después de aparecer por TV llega a ser comparado por sus feligreses con Elvis Presley, ni el abogado que antes de aparecer frente a las cámaras reclama imperativamente una sesión de maquillaje, ni el policía que primero se lleva a la rastra a un joven e iracundo actor que acaba de destrozar su habitación de hotel y luego termina pidiéndole un autógrafo cuando la mujer que lo acusó decide no incriminarlo.

Mucho menos la habitual fauna neoyorquina que Allen vivisecciona en cada uno de sus films. Aquí está conformada por algunos personajes imaginarios y otros reales (como Donald Trump), que van de un agasajo a un estreno, de una recepción a un encuentro social en una serie de selectos (y auténticos) lugares de moda en Manhattan. Y que sirven, una vez más, como escenografía ideal para una serie de apuntes mordaces y corrosivos que tienen la marca registrada del director.

Pero a la vez, el término "celebrity" tiene otras dos connotaciones insoslayables:la idea de fama a la que hace referencia está específicamente asociada con el mundo del espectáculo y, además, se manifiesta por lo general en forma inmediata o fugaz. Esta fama puede ser un antídoto momentáneo contra la infelicidad y hasta puede reemplazar a los afectos, parece decir Allen, pero el espejismo nunca es completo.

El film se mueve en mundos que reflejan esta idea de popularidad veloz y perecedera (la moda, la publicidad, la televisión, el cine, el negocio editorial) y despliega un interminable desfile de personajes que no quieren quedarse afuera por ninguna razón: actrices de fluido contacto con la política que saben brindar placer con calculada estrategia, productores y directores que cambian velozmente de opinión, precoces imitadores de Jack Nicholson, periodistas, editores y críticos de opiniones ácidas y muchas veces inoportunas, prostitutas con vocación docente.

Claroscuros en la multitud

Es cierto que la mayoría de las películas de Allen suelen ser corales, pero aquí los personajes son tantos (hay nada menos que 242 de ellos con diálogo en todo el film) que por momentos cuesta no distraerse del eje central de la trama y concentrarse en seguir con atención el derrotero de la pareja protagónica, que con tantas idas y vueltas aparece algo desdibujado.

Hay, por ejemplo, conexiones entre el pasado y el presente que el espectador sólo consigue anudar con un esfuerzo de concentración, algo extraño si se considera que en los films de Woody Allen todo suele ocurrir con fluidez y naturalidad. En este caso, el realizador de "Crímenes y pecados" no recurre a la economía de recursos y de tiempo de la mayoría de sus otros films. En las casi dos horas que dura "Celebrity" hay personajes que recurren a argumentaciones excesivas (y ya explícitas en la trama) para resolver ciertas situaciones que se tornan morosas y hasta llegan a moverse en la frontera del tedio.

Tal vez distendido porque se mueve con comodidad en un ámbito que conoce al dedillo, o tal vez ganado por la fascinación de retratar a las jóvenes estrellas de su elenco (sobre todo Leonardo DiCaprio, un actor adicto a los excesos de la fama, y Charlize Theron, supermodelo tan bella como desinhibida), Allen se deslumbra por situaciones episódicas que luego se diluyen. El desvaído desenlace sobre las limitaciones de la fama es la consecuencia de haber privilegiado la historia de Lee por sobre la de Robin, que con el transcurso del film fue cobrando mucho más vuelo, por los méritos de la impagable Judy Davis.

Aunque "Celebrity" no llega a defraudar del todo, no figurará entre las obras mayores de Woody Allen. Están todas las obsesiones del director (sobre todo una reciente y ya planteada en "Los Secretos de Harry": referencias cada vez más explícitas alrededor del sexo oral), el brillante retrato en blanco y negro de Manhattan que nos regala la fotografía de Sven Nykvist, una atractiva banda sonora con algo más que jazz y un elenco de intérpretes notable. Pero también hay una trama con claroscuros, en la que para colmo, cosa rara en Allen, los buenos chistes (que los hay) aparecen en cuentagotas.

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