El Cuantacuentos

Por Julián Rimondino

¿Quién no ha visto, aunque sea una vez, Annie Hall? ¿ O Hannah y sus hermanas? ¿O alguna de esa cantidad ya obscena de películas que Woody Allen entrega, religiosamente, una vez por año?

No hay entendido o apasionado del cine que niegue su genio fílmico, su importancia cinematográfica y su calidad artística, pero pocos (y quiero decir muy pocos) siquiera saben de la existencia de la obra literario de Allen. Aunque quizás sea demasiado llamar obra literaria a tres libros, que si bien nunca fueron han sido llevados al cine explícitamente, estuvieron y aún están presentes en la carrera de su autor. Ya de por sí, uno puede dividirlos en etapas, lo mismo que sus películas.

La primera comprende desde ¿Qué tal, Pussycat? (1965) hasta La última noche de Boris Grushenko (1975), período durante el cual Allen se dedicó a realizar divertidísimas farsas sobre diversos temas: desde las extravagancias sexuales (Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo, 1972) hasta las revoluciones latinoamericanas (Bananas, 1971), siempre colocando sus historias en un contexto de ridiculez extrema, y llenándolas de bromas absurdas en medio de los diálogos, que sus personajes siempre toman con naturalidad. Lo mismo se puede decir de su primera recopilación de cuentos escritos entre 1966 y 1971, Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, en el que cada capítulo se encarga de ridiculizar al extremo los temas habituales de las conversaciones entre pseudo-intelectuales. Allen narra, ya sea literaria o cinematográficamente, con una fluidez que hace que las páginas vuelen y los minutos en la oscuridad de la sala pasen con una rapidez asombrosa.

Pero estos relatos se ocupan siempre de temas que van más allá del hombre, y su forma de llevar adelante la trama aumenta esta sensación.

Si obra de teatro Sueños del seductor (1969), que él mismo adaptó y protagonizó en la pantalla grande, pero que dirigió Herbert Ross en 1972, fue su primera muestra de cine adulto y concentrado en temas más personales que luego saltaron del segundo plano que ocupaban hasta entonces y se transformaron en la temática predilecta de Allen: sexo, psicoanálisis y muerte. Su segundo libro, Sin plumas (cuyos cuentos fueron previamente publicados en varias revistas entre 1972 y 1975), lleva incluso más adelante esta maduración, para culminar con dos obras realmente maestras: el cuento "Nadie rezará un kaddish por Weinstein", que se emparenta sutilmente con su film Manhattan (1979); y la obra de teatro Dios (Una comedia) que de una manera alocada mezcla dramaturgia griega y filosofía moderna, para plantear la duda sobre la existencia de un ser supremo, tema el que regresará Allen, ya más adulto, en la película Crímenes y pecados (1989). Además, el libro incluye otra obra más: Muerte (Una comedia), en la que obviamente se inspiró para realizar Sombras y niebla (1992), y La puta de Mensa, divertida farsa sobre el interés intelectual de los hombres hacia las mujeres. En 1977 Allen realizó Annie Hall, y el mundo comenzó a tomarse en serio a ese humorista que se la pasaba haciendo bromas sobre ser judío. A partir de ahora, los críticos alabarán todo lo que filme, la Academia lo nominará hasta el hartazgo y lo llenará de Oscars que él nunca irá a buscar, se ganará un ferviente público que amará las andanzas de sus personajes, y todo será totalmente justificado por sus maravillosas películas. Allen desarrolló una forma de narrar y un estilo que lo llevará a cuestionar todo tema de la vida privada: desde las relaciones amorosas, en las ya mencionadas, Annie Hall y Manhattan; la necesidad de aceptación, en Zelig (1983); las fantasías, en La Rosa Púrpura de El Cairo (1985); la familia, en Hannah y sus hermanas (1986); la infancia, en Días de radio (1987); los matrimonios de varios años, en Maridos y esposas (1992); en arte y la profesión, en Disparos sobre Broadway (1994) y Los secretos de Harry (1997); y tantos temas más que siempre logra manejar con maestría, dando clases sobre cómo contar lo mismo una y otra vez y nunca cansar al espectador.

Asimismo su tercer libro, Perfiles (escrito entre 1975 y 1980), muestra una cierta evolución en su estilo de narrar, pero nunca llegará a las alturas de maduración de sus films de las décadas de los '80 y los '90. De todas maneras, relatos como "El experimento del profesor Kugelmass", "El cuento del lunático", "El hombre inconsciente" y "Justo castigo", manejan el tema de amor, las relaciones y la fidelidad con maravillosas dosis de ridiculez y reflexión profunda.

Es resumen, Woody Allen es un hombre de enorme talento que dirige lo que quiere, nos encandila con sus conclusiones, trata su carrera con bastante desdén, y encima se toma el tiempo de escribir relatos dinámicos, entretenidos y a veces conmovedores que no hacen sino reafirmar su habilidad como cuentacuentos.

(Todos los libros de Allen fueron publicados por Tusquets)

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