Celebrity

Demoliendo hoteles

Por Gustavo J. Castagna

Revista El Amante

A esta altura de su carrera como director, con más de treinta películas a cuestas, no es fácil decir algo novedoso sobre el cine de Woody Allen. Cualquier nuevo film del realizador, desde los más atractivos e inteligentes hasta sus rutinarias propuestas donde se repite a sí mismo, siempre será bienvenido por sus incondicionales seguidores. La cuota anual de Allen con el cine, como más de una vez se dijo en El Amante, implica encontrarse con un amigo confiable, que nos invita una y otra vez a conocer los traumas, obsesiones y preocupaciones que lo hicieron famoso. Allen ya es un clásico del cine de los últimos treinta años y eso nos hace felices, porque vimos sus películas, queremos a unas más que a otras y recordamos situaciones graciosas y patéticas de varios de sus personajes.

Sus films, por lo tanto, establecen con el espectador una recíproca actitud de confianza y conforman un sólido cuerpo autoral (¿acaso el cine de Woody Allen es el último que aun puede fundamentar la teoría de autor?) frente a la agresión y el cinismo de otros directores y otras películas. En definitiva, después de cada reencuentro con el personaje, volvemos a girar un cheque al portador hasta el año siguiente, en el que Allen retornará con su ego habitual, su visión del mundo y sus temas de siempre, que ya conocemos en detalle.

Crímenes y pecados fue un punto de inflexión en la carrera de Allen. Aquel film de hace diez años, oscuro y terminal, hoy puede verse como la culminación de una primera etapa que alternó la desprolijidad formal de sus primeras comedias con la búsqueda de una estética personal, obsesiva y autoindulgente. En mi opinión, Crímenes y pecados es la última gran película del realizador, definición que no implica omitir, por citar tres films posteriores, el celebratorio homenaje que le hiciera al musical en Todos dicen te quiero, las divertidas escenas de Un misterioso asesinato en Manhattan y la autorreferencia exagerada y algo molesta de Los Secretos de Harry. Es que, en cada una de sus películas, siempre habrá un instante genial, alguna reflexión interesante sobre el arte y la vida, un momento en el que Allen transmita un gesto que ya nos pertenece. Su obra, además, manifiesta una gran vitalidad (más allá de su cuota anual), como si el cine hubiera sido inventado para él.

Celebrity, en cambio, es una película extraña. Como primera cuestión a señalar, hay que decir que Allen no actúa en el film, aspecto que no sería importante en otro caso pero que, de acuerdo con la complicidad que el director busca establecer aquí con el espectador, la ausencia de su figura enjuta y problemática es un punto en contra del film. Su alter ego en Celebrity es Kenneth Branagh, encarnando a Lee Simon, un periodista farandulero con aspiraciones de escritor. La composición del actor y director inglés es loable pero impersonal, ya que cada uno de los tics, la forma en que imposta la voz y la totalidad de su batería gestual pertenecen a Woody Allen. Se nota, al respecto, el esfuerzo de Branagh por cumplir las rigurosas indicaciones del realizador pero, por momentos, su actuación no pasa de ser un calco de Allen como intérprete. En este sentido, Celebrity es una película rara y también contradictoria: da la impresión de que el director se preocupó más por invadir la fuerte personalidad de Branagh (desde ya, una proeza) que por contar una historia original.

Hay pocos universos tan reconocibles como el que se muestra en Celebrity. Sin embargo, Allen parece no poder ir más allá de aquello que sabemos de antemano sobre un mundo artificial, que disfruta de sus quince minutos de gloria. La estrella de cine sin ninguna virtud en la interpretación, la modelo come-hombres, el astro que destruye la habitación del hotel, la joven actriz de teatro under y las fiestas y ágapes del negocio literario, son presentados desde el guión de manera superficial, anecdótica, episódica y bastante desganada.

A la ausencia de sorpresa que transmiten varias escenas de la película, se debe agregar la atolondrada acumulación de voces (242 personajes tienen diálogos), que dispersan el interés del relato. Por supuesto que Celebrity, como cualquier otra película menor del director, también tiene sus momentos felices y sus personajes brillantes (el cirujano plástico, la prostituta), pero la sensación general es que, por primera vez en su carrera, Allen elaboró un guión perezoso, que toca una sola cuerda desde el principio hasta el final.

En una escena de Celebrity, Robin Simon (Judy Davis) y su amante Tony Gardella (Joe Mantegna), concurren a la exhibición privada de una película. A medida que llegan los invitados, el italiano le describe ácidamente a Robin las características de un crítico de cine, un actor y un productor. Por su parte, Lee Simon, quien intenta encontrar a un editor competente para la publicación de su libro, sobrevive entrevistando y conociendo a distintas celebridades efímeras. Al principio de la película, se reencuentra con una ex-novia (Melanie Griffith), ahora devenida actriz, que le hace una fellatio. También descubre el mundo de la moda -a través de una "supermodelo" sin nombre (Charlize Theron)- y hasta conoce a una chica que trabaja en un restaurante (Winona Ryder), de la que rápidamente se enamora. Al mismo tiempo, decide convivir con una editora (Famke Janssen), el único personaje de la película que se preocupa por las indecisiones profesionales y personales del periodista.

El mejor Woody Allen, el que nos provoca mayor simpatía, es aquel que se refiere a sí mismo, a su status social y al mundillo del que forma parte. Es decir, el Allen que habla de sus propias miserias, de sus amores, de su soledad, de sus gustos personales, del paso del tiempo. En los últimos años, sin embargo, el director amplió su mirada con el propósito de dar su opinión sobre otros mundos y personajes.

Cada director -como ocurre con Allen en Celebrity- tiene el derecho de expresar sus comentarios sobre determinados ámbitos, que son investigados con curiosidad y extrañamiento. Sin embargo, la mirada del realizador sobre el mundo del espectáculo, expresado por sus aspectos más groseros y superficiales es, en mi opinión, bastante molesta y gratuita. ¿Son tan desagradables, arribistas y estúpidos los personajes que rodean al periodista? ¿No hay nada que pueda rescatarse de ese universo paranoico que busca la fama a cualquier precio? ¿Esa particular fauna merece una condena tan feroz de parte de Allen? ¿Acaso el director no es una figura pública como algunas de las que aparecen en la película? En este sentido, da la impresión de que Allen se regodeara criticando de manera malsana a personajes con los que no puede sentirse identificado.

Pero Celebrity no es la primera película en la que Allen difama sin contemplaciones a quienes no tienen su coeficiente intelectual. En Maridos y esposas, el personaje interpretado por Sidney Pollack, recién separado de su mujer, se relaciona con una chica "diferente": ella practica aerobics, hace un culto de la comida vegetariana, trata de entender el mundo por medio de la astrología y no comprende que Ran de Kurosawa es una versión libre de King Lear de Shakespeare. La mirada de Allen sobre este personaje no deja dudas, ya que nadie del círculo intelectual que rodea a Pollack (especialmente su amigo, interpretado por el realizador) acepta las características vulgares de la chica. La gimnasta de buen corazón, efectivamente, será ridiculizada en una fiesta organizada por los amigos de su pareja. Lo mismo ocurre en Poderosa Afrodita, donde se establece una particular relación entre el histérico personaje que encarna Allen y la prostituta interpretada por Mira Sorvino. ¿Por qué el director abomina de un mundo que le es ajeno pero al que recurre para mostrarlo de manera tan poco afectuosa?

El problema, como siempre, es el gesto. A Woody Allen, sobre este tema puntual, le sigue faltando una mirada irónica como la que tenía Federico Fellini con sus criaturas. En Ginger y Fred, los viejos artistas que interpretan Mastroianni y Giulietta Massina, observan extrañados el caos que se produce tras las bambalinas de un estudio de televisión. La visión de Fellini sobre un mundo al que despreciaba (la publicidad, la televisión) también era crítica y feroz. Sin embargo, el realizador italiano siempre apeló a la sutileza de la ironía para disimular su incomprensión frente a un universo que le era ajeno. En Celebrity también se muestra un estudio de televisión, pero la mirada de Allen es diferente: tampoco él comprende la situación, pero su visión es extremadamente cínica, digna de un mandaparte intelectual que se cree superior al resto.

El último Woody Allen no figurará entre sus películas más recordables, especialmente porque resulta difícil encontrar en él el infatigable ingenio del director. Sin embargo, Celebrity confirma un punto que excede cualquier comentario crítico: Allen aprendió a filmar mujeres. Si no me creen, nada mejor que detenerse en los rostros y los cuerpos de Charlize Theron, Winona Ryder y Famke Janssen para comprobar -gracias a Soon-Yi- que Allen está hecho un auténtico "viejito verde".

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