Dulce y Melancólico

Las miserias de un hombre grande

Dulce y Melancólico es una de esas películas de Woody Allen que son menores y altamente disfrutables. Buena parte del mérito se lo lleva el retorcido guitarrista interpretado por el notable Sean Penn.

Aníbal M. Vinelli

Jueves 15 de junio de 2000

Citándose a sí mismo (Zelig, Broadway Danny Rose), el autor y director Woody Allen traza en Dulce y melancólico la biografía del apócrifo Emmet Ray. Según Allen, Ray fue un músico que en la década del 30 tuvo una breve etapa de popularidad para luego sumergirse en la oscuridad y ser recordado, merced a contadas grabaciones, por algunos aficionados.

La diferencia con aquellas dos películas es que Dulce y melancólico ha de ser uno de los largometrajes de Allen donde aparezcan menos frases ingeniosas y diálogos ocurrentes. Hay situaciones cómicas y momentos divertidos, pero el tono es diferente. Y, en todo caso, apunta más a delinear con riqueza y contenido la figura de un ser patético que además era un artista enorme.

Maravillosamente interpretado por Sean Penn, Emmet es una bala perdida, un egoísta retorcido, ocasional cafishio y un vanidoso insoportable. Si agregamos que de yapa tiene raptos de cleptomanía y que se considera un poderoso amante, convendremos en que el hombre no es ninguna joya.

Y sin embargo, cuando en cualquier fonda o cabaré de la Gran Depresión rasguea su instrumento, el tipo se transfigura, con la mirada perdida en el vacío de un mundo propio y único, creando armonía y sentimiento. Sabe que es el mejor guitarrista del mundo... después de Django Reinhardt (ver El gitano...).

Un par de veces Ray escuchó a Django en Europa; y en las dos se desmayó, mostrando rasgos de una sensibilidad que a menudo se extrañan en su existir. No sabe, por ejemplo, reconocer el verdadero amor de Hattie, una chica muda de apetito voraz y pobre como laucha de campo, que en la deliciosa interpretación de Samantha Morton recuerda la máscara y el comportamiento del gran Harpo Marx. En cambio, Emmet se casa con la perversa y esnob de Blanche, una aristocrática escritora jugada con la elegancia y sensualidad que parecen inseparables de Uma Thurman.

Con varias decenas de decorados que reproducen los ambientes de crisis y desenfreno de los 30 y una fotografía nítida y contrastada del chino Zhao Fei, otro de los aciertos —ninguna sorpresa tratándose de un filme de Woody Allen, también clarinetista y jazzero— es la banda de sonido.

Lo que se escucha en Dulce y melancólico es un verdadero placer: hay melodías inolvidables como Te veré en mis sueños, Sweet Sue, Soplando burbujas, Tristezas del Barrio Chino, Sin embargo o Sólo un gigolo, por no mencionar sino a unas cuantas entre las 31 piezas incluidas. Y que a cargo de Django, Eddie Lang, Joe Venutti, Bix Beiderbecke, Sidney Bechet, Bunny Berigan y Howard Alden (que dobla a Emmet/Penn), son puro hallazgo.

Dulce y melancólico —pedazo de título— resulta a la vez una obra para no perderse y una ironía prodigiosa en el retrato de un cretino capaz de generar belleza y sueños. Pura humanidad, ¿o no?

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