Small Time Crooks

Los astutos robos de Woody

En Ladrones de Medio Pelo, el actor y director vuelve sobre sus pasos, logrando una fina comedia de situaciones y equívocos que recuerda a sus primeros filmes. Se lucen Tracey Ullman y Elaine May.

Anibal M. Vinelli

Quizás una de las condiciones de esa tan discutible y meneada condición de clásico sea la capacidad de referirse a la propia obra tanto como a los recuerdos y experiencias. Y hay mucho de eso en Ladrones de medio pelo, donde Woody Allen abreva en su opus iniciático, Robo, huyó y lo pescaron, con los apuntes ajenos de Yo quiero a Lucy, la serie The Honeymooners y un esquema argumental que es como una cruza entre Los desconocidos de siempre y Nacida ayer.

El resultado es, sin embargo, un Woody inconfundible, con el actor-guionista-director interpretando a Ray Winkler, arquetípico perdedor, ex-convicto y tan fracasado que ni siquiera puede conservar un empleo de lavaplatos. Casado con la ex-bailarina exótica Frency (Tracey Ullman, uno de los logros mayores), Ray decide dar el golpe de su vida cavando un túnel junto a otros chapuceros. Para lo cual invierte sus ahorros alquilando un local que Frenchy convertirá en fachada como comercio de galletitas caseras, mientras Ray y compañía pretenden abrirse camino hacia el banco vecino.

Y como la acción transcurre en la bienamada Manhattan —esa Bagdad sobre el Hudson donde todo es posible— y mientras el robo maestro no va a ninguna parte, las galletitas de Frenchy atraen la aclamación popular y mediática y se convierten en un éxito que, franquicias mediante, los torna empresarios y asquerosamente ricos.

Mientras Ray todavía sueña vulgaridades de mudarse a Miami y disfruta comer una pizza, beber cerveza y jugar póquer con los compinches, Frenchy quiere crecer en la escala social pese al espantoso mal gusto de su ostentosa residencia —sólo superado por algunas barbaridades que se cometen en televisión— y a su crasa ignorancia. De ahí que invite a figurones diversos que se burlan de ella a sus espaldas y aprovechan su dinero, entre ellos un presunto intelectual inglés con pretensiones de marchand y vocación de estafador. El papel de David está jugado por Hugh Grant y en algún aspecto trae a la memoria el de William Holden en la citada Nacida ayer.

Lo demás hace a la resolución de la trama y a cómo ésta evoluciona en una galería donde el robo o la intención de cometerlo están a la orden del día. Y que Woody Allen y Zhao Fei (quien fotografiara Dulce y melancólico), dotan de un atrayente encuadre visual. Con Allen y sus talentosos comediantes, particularmente la gran Elaine May (actriz, autora, directora) como la prima tonta de Frenchy, improvisando y reescribiendo los diálogos, ingeniosos y oportunos. Sumándose a otra inevitable característica de la producción alleniana como es la banda de sonido, con inolvidables standards de Carmen Cavallaro, Benny Goodman o Harry James.

Ladrones de medio pelo no le robará el tiempo sino, más bien, lo hará reír y lo entretendrá con inteligencia y picardía. No es poco mérito.

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