Deconstructing Harry

La aventura de un genio neurótico

Con Los Secretos de Harry, Woody Allen intenta una de sus experiencias fílmicas más provocativas.

ANIBAL M. VINELLI

Jueves 16 de julio de 1998

La comparación será tan inevitable cuanto errónea: no existe la mejor película de Woody Allen y ello es así porque dentro de su inusual filmografía -de una regularidad pocas veces vista, si es que alguna- la personalidad más representativa del Manhattan de estos tiempos viene contando una idéntica historia. Un cuerpo expresivo y estético inconfundible y coherente al extremo que sólo cambian los nombres de los personajes: la canción es la misma.

Así, cada espectador elegirá su predilecta pero ello por razones puramente subjetivas y válidas pero sujetas a discusión. Porque, además, aunque los ojos miopes estén un poco más acuosos y fatigados y las arrugas se marquen en el rostro, Woody no ha envejecido, la inteligencia es tan filosa como siempre fue y, en cualquier caso, el pasar de los años lo ha convertido en un clásico.

En Los secretos de Harry, mister Allen apenas si se caracteriza de Harry Block, quien cree que lo más grande que creó un Dios en el que no cree (la redundancia es deliberada y sólo nuestra) son las mujeres. A las que sigue amando aunque no sepa muy bien si el desfile femenino que circuló por su cama ha sido una serie de fracasos o una placentera renovación de modelos para volver a empezar. Lo demás es territorio familiar, desde las burlas feroces hacia el judaísmo más ortodoxo (que a otro cualquiera le hubieran merecido el estigma de racista) hasta la pasión por las prostitutas -a las que no hay que hablarles de Proust para poseerlas- y una cierta imposibilidad para ser feliz como cualquier mortal.

Harry Block es un escritor de best sellers que pergeña modificando levemente su propia intimidad y a caracteres como ex esposas, antiguas o actuales amantes -el hombre es hiperactivo- y amigos y parentela. Lo que a menudo le crea conflictos adicionales, ya que los modelos se reconocen y enfurecen ante lo que les muestran las páginas-espejos.

Como la cuñada que juega la gran Judy Davis, que amenazando con el suicidio descubre que sería más apropiado balearlo a Harry, o la esposa de Kirstie Alley, una analista que no puede aceptar que la haya engañado con una paciente, o la esposa figurada de Demi Moore, que del psicoanálisis riguroso salta a la religiosidad más delirante e inoportuna, inclusive en medio del goce.

Entre muchas otras cosas, Los secretos de Harry es una obra de varios amores, por ejemplo el que le demuestran figuras tan cotizadas como las mencionadas o Richard Benjamin, Eric Bogosian, la bellísima Elisabeth Shue, Billy Crystal, Amy Irving, Stanley Tucci, Julie Kavner o Mariel Hemingway, quienes aceptaron participar en breves papeles y con cachets ínfimos simplemente para ser dirigidas por Allen. Igual que Robin Williams, en un fragmento de notable creatividad, un cuento apócrifo e incompleto en el que personifica a un actor fuera de foco y no de manera metafórica ni por desperfecto de una cámara.

Woody leyó a Kafka y a Freud y se nota, tanto como la devoción por Ingmar Bergman y Charles Dickens y la herencia marxista, esto es, de Groucho Marx. Al que refiere en oportunos one liners, en acotaciones sensacionales sobre el erotismo y el sexo, el presidente de los EE.UU., la Muerte y el Infierno, el periodismo, la venalidad de Hollywood y el dinero,con un lenguaje inusualmente explícito. Y a caballo entre la relativa realidad de Harry y esas ficciones suyas que se corporizan y al cabo son el símbolo más transparente de la última hipótesis del filme. Que es la biografía de un irresponsable que ha escrito con un equilibrio y unos vuelos que no tuvo en su cotidiano existir.

El catalítico, el desencadenante, son los bloqueos de Harry, acosado por acreedores matrimoniales y anticipos recibidos a cuenta de un libro que no termina de nacer. Con un montaje nervioso y entrecortado o más convencional y fluido -según el momento narrativo que corresponda- Los secretos de Harry es el opus más reciente de un genio enclenque y provocador, capaz de abordar cuanto vericueto marque la condición humana, sin perder jamás el sello inconfundible y envidiable del comediante.

Y éste es -aun desde cierta vanidad innegable, ésa que muestra a Woody como eje de su mundo cinematográfico- la lección de decir aquello que le duele y siente y nunca aburrir. Que entre tantas transgresiones que desvelan a Harry Block, el escritor, y a Woody Allen, el cineasta y el hombre, sería el único pecado imperdonable.

Afortunadamente, no lo comete en Los secretos de Harry, pequeño milagro que transita por las cornisas de la vida apelando a las inteligencias de los espectadores y, de paso, robándonos esos desintoxicantes de sonrisas y carcajadas.

¿Qué más quiere por el módico precio de una entrada?

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