Deconstructing Harry

UNA NOTA PERIODISTICA TORPEDEA CON SAÑA AL COMICO

A Woody Allen, sin el menor cariño

A raíz de su nueva película, Deconstructing Harry, una columnista del The New York Times (que fue a verla porque llovía) lo acusa, entre otras cosas, de tedioso, cobarde, exhibicionista e inmaduro.

MAUREEN DOWD

Miércoles 14 de enero de 1998

(The New York Times y Clarín).- Todo lo que sigue es totalmente obvio, pero no puedo dejar de pensarlo.

Era una tarde de lluvia y fui al cine.

Vi un filme donde había más gente damnificada que en las tres horas de Titanic. Esos personajes también habían sido destruidos por un iceberg, mejor dicho, por Konigsberg. El recuento de cadáveres era interminable. El amor terminó en catástrofe.

Deconstructing Harry (literalmente, "Deconstruyendo a Harry"), la última "comedia" de Woody Allen (Allen Konigsberg), está contada desde el punto de vista de un exterminador supercivilizado, de moral deficiente y terminalmente psicoanalizado.

La conclusión que se saca es que el arte agota la moral, que las pautas éticas comunes no se aplican a las personas que producen obras de arte extraordinarias.

Es un argumento que nada tiene de nuevo. Contribuye a producir arte extraordinario, si uno lo adopta. Pero este filme no es arte. Es un documento clínico, una antología de prejuicios no analizados, un tedioso lamento de Manhattan.

Al final Allen introduce un personaje negro en su cerrado mundo. Este ejercicio de extensión social de su imaginación genera una prostituta afroamericana con pantalones de vinilo rosa. El le pide que lo golpee y lo ate. (Desgraciadamente ella lo desata.) Allen cree que este filme es un acto de coraje. Por fin, piensa, mostró sus defectos. ¿No vio ninguno de sus filmes anteriores? Peor, su coraje es el de un adolescente de 62 años.

Consideremos su anticlericalismo barato. Está la obligatoria burla liberal contra el Papa. "Entre el aire acondicionado y el Papa prefiero el aire acondicionado", dice Harry, el alter ego de Woody Allen.

La peor parte se la llevan los rabinos. Es una película donde el judaísmo es satirizado haciendo que Demi Moore lance una bendición hebrea antes del acto sexual.

Si Allen espera algún tipo de "fatwa" se verá cruelmente defraudado. Sus problemas con su propia tradición son aburridos. (Nota: la "fatwa" es la orden islámica que debe cumplirse indefectiblemente.) La fijación de Allen en la adolescencia está muy bien ejemplificada en su desagradable actitud hacia las mujeres.

Las actrices que trabajaron con él hacen fila para atestiguar que le gustan las mujeres. Evidentemente, algo se perdió en la sala de redacción.

"Para mí lo ideal es pagarles y que vengan a casa, y que uno no tenga que hablar con ellas de Proust ni del cine." Allen supone equivocadamente: a) que el dinero lo dispensa de la obligación de hablar de Proust y de cine; b) que el sexo le endilga la obligacion de hablar de Proust y de cine; y c) que sus puntos de vista sobre Proust y el cine son de algún interés.

Allen no ha tomado nota de que hay un estatuto de limitaciones sobre la adolescencia. No estoy segura de cuál es, pero estoy segura de que, a los 62, ya se lo ha traspuesto.

Los admiradores de Woody Allen nos instruyen en que lo mejor del juicio crítico es ir más allá de sus tétricas obsesiones hacia una más amplia apreciación de su talento. Pero sus filmes no se refieren a otra cosa que a sus tétricas obsesiones.

En uno tras otro Allen tiene relaciones sexuales con una jovencita tras otra. Y ellas son cada vez más jóvenes.

Se abrió un camino creativo en la historia de Hollywood. Allen ha convertido la película en un diván para el reparto.

Su alma se mantiene adherida a escenas de transgresiones domésticas: engañar a la esposa con la hermana de ella, o con su mejor amiga, o con una paciente de ella, pruebas con jóvenes Galateas y por supuesto sexo por dinero.

Deconstructing Harry comienza con la escena de un hombre que hace el amor con su cuñada adelante de su abuela ciega.

Hay dos maneras de interpretar este exhibicionismo moral. La primera es que los largos años de terapia de Allen no le hicieron bien. La segunda es que lo convencieron de que es atractivo, incluso fascinante.

Ya sé, ya sé. Se trata de una ficción sobre un hombre que escribe ficción. Allen insiste; él no es Harry Block, Harry Block es la creación sublime de su sofisticada imaginación. Es la vieja rutina de hecho o ficción. Esta película es una autoapología o no es nada. De hecho es ambas cosas.

Para no hablar de Soon Yi.

Traducción: Martha Vasallo (Nota: Maureen Dowd es habitual columnista de opinión de The New York Times. En sus notas aborda los más variados temas.)

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