Woody Allen en un caldo sabroso

Por Adriana Schettini

4 de febrero de 1998

Era un caldo de cultivo óptimo para los bajos instintos de la televisión. Woody Allen recién casado con Soon Yi -la hija adoptiva de su ex mujer Mia Farrow-, sentado en un estudio de grabación y dispuesto a conceder una entrevista. Pero quiso la inteligencia mediática de Allen que el programa elegido para su primera presentación televisiva posboda fuera nada menos que "Bouillon de culture" ("Caldo de cultura"), que conduce el francés Bernard Pivot. Grabada a fines de diciembre, en París, la entrevista se emitió dos veces en la Argentina, el miércoles 28 de enero y el domingo último, por el canal de cable TV5. La diferencia entre un caldo y el otro resultó evidente. Triturada por los colmillos de la cámara sensacionalista, la intimidad de Allen habría alimentado al espectador con una sopa chirle y poco nutritiva. Pasada por el tamiz del respeto y la prudencia del entrevistador y sus tres escritores invitados, la vida privada de Allen fue el aderezo de la exquisita cazuela en la que hervía la obra de un artista.

"Felicitaciones y mis mejores deseos para su matrimonio con Soon Yi", le dijo Pivot a su entrevistado en la apertura del programa. De allí en adelante, el periodista echó mano de la biografía de Allen como quien tira de la punta de un ovillo para llegar al centro: su trabajo como director, escritor y músico de jazz. Pensado con la lógica del periodista francés, ninguna otra opción habría sido válida. Después de todo, era obvio que Woody Allen no había ganado su sillón en ese prestigioso ciclo de la televisión francesa por sus historias de sábanas y polleras. Si ese mismo hombre de apariencia frágil y anteojos observadores hubiera protagonizado los escandaletes de alcoba, parentescos y sexualidad ventilada en los tribunales, pero no hubiera sido el realizador de la mítica "Manhattan" o la más reciente y polémica "Deconstructing Harry", apenas habría sido pasto para las fauces de algún reality-show de vida efímera. Pero Woody estaba allí con motivo del inminente estreno de su último film en París, y dicen que una película es definitivamente buena cuando el espectador sale del cine con ganas de conocer al autor de la obra. Ese y no otro fue el servicio que Pivot ofreció a la teleaudiencia.

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A nadie se le escapa que la vida y la obra de un artista son líneas que inevitablemente se cruzan en más de un punto. Pivot no es ingenuo. En la entrevista con Allen señaló con precisión esas zonas de intersección entre el personaje de Harry, un escritor sometido a los reclamos de sus ex mujeres, y la biografía del realizador. ¿Cómo no hacerlo si el propio Woody somete a su criatura de ficción a los gritos destemplados de una dama que lo acusa de usar la intimidad compartida con los demás para cosechar plata fácil con sus best-séllers?

Pero Pivot es un periodista televisivo y no un carnicero mediático. Lejos de usar la coincidencia como el filo del cuchillo para destripar las vísceras de la vida ajena para ganar él también rating y plata fácil, supo darle una vuelta de tuerca al asunto. Más allá de las peripecias personales de monsieur Allen -de las que se ha ocupado hasta el hartazgo la prensa sensacionalista-, la situación planteada en "Deconstructing Harry" tenía una miga que ameritaba el debate. ¿Cuál es el límite entre la libertad del artista para realizar su obra y el respeto a la intimidad del prójimo a la hora de reunir experiencias como materia prima para sus personajes?

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Allen compartía el encuentro televisivo con tres escritores, François Weyergans, Julia Kristeva y Philippe Sollers. En su condición de tales, ellos tampoco están libres del pecado de haber zurcido retazos de vidas privadas para bordar sus obras. Pivot se tomó la molestia de hacérselos saber e invitarlos a polemizar sobre el punto. "La vida privada es nuestro instrumento. Tomando hechos reales y combinándolos con la fantasía se logra una mezcla de verdad y falsedad que resulta sumamente interesante", opinó Weyergans.

Kristeva trazó la divisoria entre el pensamiento ingenuo y la verdad: "Se suele creer que la literatura es algo angélico y neutro. Pero no es así. La literatura, como el cine, son artes muy crueles. Escribir implica ejercer la violencia sobre uno y sobre los demás. Y el hecho de que usemos la carne humana para nuestro trabajo es parte de la alquimia que nos conduce a poder nombrar y articular imágenes de un modo en que los demás no pueden hacerlo".

"Uno puede hablar de cualquier cosa concreta siempre y cuando contenga algo de universal", declaró Sollers, y salió en defensa de "Deconstructing Harry": "En el film -dijo- se buscan respuestas para cuestiones tales como si hay posibilidad de tener buen sexo de otro modo que no sea manteniendo relaciones con prostitutas, o si el sexo termina siempre en depresión o en bronca. Y ésos son asuntos que tienen un contenido universal". Algo así como el salto de lo particular a lo general que acababa de dar Bernard Pivot.

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