Deconstructing Harry

Las ficciones reales de Woody Allen

Por Adriana Schettini

30 de enero de 1998

¿Tiene el artista derecho a narrar situaciones de la vida real de quienes lo rodean para concretar su obra? Nadie mejor que Woody Allen para responderlo. Sentado en el estudio del prestigioso programa francés "Bouillon de culture", que conduce Bernard Pivot, el director norteamericano le puso el cuerpo a la pregunta y detalló las semejanzas y diferencias entre el personaje de su último y polémico film, "Deconstructing Harry", y su propia persona. La entrevista, que salió al aire anteayer por el canal de cable TV5, había sido grabada en París a fines de diciembre, durante el viaje de bodas de Allen y su flamante esposa, Soon-Yi.

El personaje de Harry fue presentado por Pivot como "un escritor que no distingue entre la realidad y la ficción, el pasado y el presente, lo vivido y lo imaginado". El guión lo enfrenta con una serie de mujeres que han formado parte de su vida y que, enardecidas, descubren que la intimidad compartida ha sido puesta en blanco sobre negro en las páginas de una novela. Ni más ni menos que un cascotazo que oportunamente ha caído sobre la cabeza de Allen, acusado por su ex mujer Mia Farrow de lavar los trapos sucios en la pantalla de cine. Puesto a indicar cuál es el límite para incluir retazos de biografías ajenas en obras de ficción, el director opinó: "Es una cuestión de juicio personal. En algunos casos, uno sabe que usando anécdotas de la vida de alguien va a lastimar a esa persona. Y entonces uno apela a la autocensura. Pero en otras situaciones no hay riesgo de causar daño y se trabaja con un sentimiento de mayor libertad. En esta cuestión no hay reglas fijas".

El alter ego de Woody

"Harry es excesivo, vulgar, bebe mucho, toma píldoras permanentemente y sale todas las noches con prostitutas", dijo el director respecto de la criatura de ficción sospechada de ser su alter ego. "Estoy muy cerca de Harry. No en cuanto a los detalles de mi vida, pero sí en cuanto a las ideas del personaje sobre temas tales como la religión, el sexo, las mujeres o la ciencia", admitió Allen en el diálogo que mantuvo con Pivot y tres escritores invitados, Philippe Sollers, Julia Kristeva y François Weyergans.

El periodista francés no perdió la oportunidad de citar una escena de la película y poner en evidencia la supuesta similitud con la biografía del realizador. En un tramo del film, se ve a Harry, por entonces hacedor de best-séllers, regresando para un acto en homenaje de su obra, a la universidad de donde años antes había sido expulsado por ser un pésimo alumno. Según contó Pivot, Harry no tiene mejor idea que asistir a la ceremonia acompañado por una prostituta negra, un amigo cardíaco y su hijo, a quien previamente ha tenido que secuestrar a la salida del colegio porque la madre del niño le negaba el derecho a visitarlo.

"Es imposible no pensar en usted -le dijo el entrevistador a Woody- porque usted prácticamente no podía ver a los hijos que tuvo con Mia Farrow". Sin perder la calma y el tono de respeto mutuo en que transcurrió la emisión, Allen dividió las aguas: "Mi vida no refleja la de Harry -explicó-. Yo no tengo ese coraje. Mi vida es ordinaria, muy calma, muy apacible, muy disciplinada. Yo no podría jamás secuestrar a un niño. Yo no bebo ni tomo medicamentos. Harry es un producto de mi imaginación. El es mi vocero sobre los temas importantes de la vida. Pero no hay relación entre la existencia teatral de Harry y la mía, que es completamente banal".

Sentada frente a Woody, la escritora Julia Kristeva, quien también es psicoanalista, opinó que Allen "es una publicidad viviente del éxito del psicoanálisis". El actor y realizador admitió que lleva muchos años recostado en el diván. "Prácticamente toda mi vida adulta -dijo-. He comenzado a psicoanalizarme a los 20 años y sólo he interrumpido el tratamiento por breves períodos". Según Kristeva, el hecho de que Allen haya podido unir esa práctica con su propia obra es motivo de regocijo. De hecho, en "Deconstructing Harry", la teoría de Freud también cae bajo la picota del humor de Woody. El personaje central se ha casado con una psicoanalista que queda al borde del ataque de nervios cuando en plena sesión una paciente le describe la experiencia de haber tenido sexo con Harry.

Amor por el diván

Cuando el escritor Weyergans arriesgó la hipótesis de que Allen había alcanzado la cura al cabo de tantas décadas de tratamiento psicoanalítico, Woody rió y no se animó a acompañarlo tan lejos en su afirmación. "Amo al psicoanálisis -confesó-. Pero el problema es que nunca resulta tan satisfactorio como uno espera. Creo que el psicoanálisis me ayudó a vivir, pero quizás el problema es que yo era demasiado exigente y mis expectativas respecto del tratamiento eran exageradas. Pero no lo critico, porque pienso que sucede como con la ciencia: no tiene respuestas para todas las cuestiones de la vida. De todos modos, estoy feliz de la ayuda que me ha dado porque gracias al psicoanálisis he llevado una vida productiva y libre".

Bernard Pivot quiso saber por qué últimamente Allen se empeña en hablar de sí mismo como un hombre viejo cuando no deja de trabajar ni de viajar ni de enamorarse de un modo que en nada se parece a la vejez. "Porque tengo 62 años -respondió el realizador-. Cuando era un niño y veía a alguien de esa edad, no se me ocurría pensar que fuera joven. En los Estados Unidos me consideran algo así como un director veterano. De buenas a primeras me di cuenta de que los realizadores y actores jóvenes habían comenzado a decirme: "Mi mamá me llevaba a ver sus películas". No sé cómo ni cuándo sucedió, pero de pronto me encontré siendo viejo. Salvo cuando voy a visitar a mis padres. Ellos aún me tratan como a un niño. Me preguntan cuándo voy a ir a cortarme el pelo, me cuestionan el modo en que me visto y cosas por el estilo".

Cuestiones de familia

El relato de Woody fue corroborado con imágenes. "Bouillon de culture" puso en el aire un fragmento del documental "White man's blues", que se estrenará el 11 de febrero en Francia. Se trata del material recopilado por una realizadora norteamericana a la que Allen autorizó a acompañarlo durante la gira que realizó en Europa durante 1996, junto con su entonces novia Soon-Yi, dando conciertos de jazz. No conforme con haber compartido las presentaciones y las bambalinas del viaje, la directora quiso registrar un almuerzo en la casa de los padres de Allen, en Nueva York. El cineasta no dejó de provocar con infinita ternura a su madre, que por entonces tenía 92 años, y a su padre de 97, con la complicidad de una de sus hermanas y con la de Soon-Yi.

Divertido como pocos, Allen les recriminó a sus progenitores el severo modo en que lo educaron y les dijo que casi de milagro no había salido "drogadicto o criminal". Luciendo sus mejores dotes de idishe-mame, la anciana contraatacó diciendo que le habían dado lo mejor. "Nosotros sabíamos qué era bueno y qué era malo. Y no creas que hoy día sos lo que sos sólo por tus méritos", se defendió. En la misma cuerda, el padre lo puso en vereda: "Vos te creés que sos alguien porque sabés escribir guiones y eso no es así", le advirtió antes de reconocerle que habría preferido que su hijo fuera farmacéutico. Provocador irredento, Woody azuzó a su madre con un tema que sabía conflictivo. "¿Qué opinás del hecho de que Christopher y yo salgamos con mujeres asiáticas?", le preguntó. El director y su pareja oriental, allí presente, recibieron de parte de la anciana el mejor de los regalos: una respuesta sincera. "Pienso que no está bien -opinó la madre de Allen-. Siempre quise que te enamoraras de una buena mujercita judía. Es por eso que los judíos serán un día una especie desaparecida. Y eso es malo".

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