Small Time Crooks

"Me siento culpable cuando todo va tan bien"

Martes 9 de Mayo de 2000

El neoyorquino más famoso habla de Small Time Crooks, que está por estrenarse en los EE.UU., de su experiencia en la publicidad y de su gran momento de felicidad familiar.

Con la comedia romántica Small Time Crooks (algo así como "rateros"), Woody Allen retorna a la comicidad pura de Robó, huyó y lo pescaron y Bananas. En el primero de sus cuatro filmes que distribuye DreamWorks, Allen es un pequeño ex ladrón de banco de Nueva Jersey que sueña con un último golpe que le permita trasladarse a Florida con su mujer (Tracey Ullman), una manicura bastante ineficaz.

Ambos compran un negocio y excavan un túnel por medio del cual llegar al banco vecino. Sin embargo, cuando ella se pone a cocinar y vender sus famosos bizcochos, el matrimonio se hace millonario y los planes de robo se esfuman. La película se filmó en Nueva Jersey y Manhattan con el cineasta Zhao Feicon, con el que Allen ya había trabajado en Dulce y melancólico (N. de la R.: en la Argentina se estrenará el 8 de junio), y tiene una banda sonora rebosante de jazz. Entre gags y escenas que destilan sarcasmo sobre los "nuevos ricos" de Nueva York, la película, que se estrenará en los Estados Unidos el 17 de mayo, marca el retorno de Woody Allen a la comedia pura.

- Hacía años que no realizaba un filme tan cómico...

- ¿Le parece? Yo creo que Hannah y sus hermanas y Maridos y esposas eran comedias, por más que su tono era serio. Esto no podría sino ser cómico: un hombre compra un negocio y cava un túnel para robar un banco. Su mujer aspira a que el dinero le permita ascender socialmente. ¡Esto sí que es cómico! Para no hablar de lo divertido que resulta burlarse un poco de todos esos nuevos ricos pretenciosos que alardean de conocedores de arte y vinos.

- ¿Considera que la comicidad se relaciona con su estado de ánimo de los últimos ocho años?

- Es verdad que en los últimos ocho años he sido muy, pero muy feliz. Adoro a mi mujer y a mi hija. Las cosas me van bien. Pero no es más que una coincidencia. Yo siempre espero que pase algo. Siempre me siento culpable cuando todo anda tan bien.

- ¿En la película hay elementos de su vida?

- No, sólo el hecho de que yo soy un actor con limitaciones. Sólo puedo interpretar dos tipos de papeles: el de intelectual, porque lo asocio con mis anteojos y con los sacos de tweed que uso siempre; o el de un pobre tipo, como el ladrón de Robó, huyó y lo pescaron. Se me ocurrió que sería un buen personaje para mí y que me divertiría. Y así fue. Yo estaba seguro de que algo andaba mal, porque siempre pensé que para hacer una buena película había que sufrir. Aquí, sin embargo, todo anduvo sobre ruedas: llamé a Tracey Ullman, Elaine May y Hugh Grant y todos estaban libres y dispuestos a trabajar para mí; rodamos sin problemas, los actores me hicieron reír, ¡y yo pensaba que la película iba a ser una porquería porque todo era demasiado agradable! De joven me fascinaban los criminales y el crimen.

- ¿Cómo es eso?

- Porque crecí en una cultura que siempre mitificó a los criminales, se tratara de Jesse James, Dillinger o la mafia. No hay nada más romántico que la familia de El Padrino. De chico me preguntaba qué me gustaría ser cuando fuera grande: tal vez llevar una vida deshonesta. Sabía que no me gustaría trabajar en una oficina. Pensaba que tal vez podría ingresar al F.B.I. o convertirme en detective privado o en un criminal. Después descubrí que podía escribir cosas graciosas. Tuve éxito y entré a la industria del espectáculo, pero el crimen me parece algo fascinante. No el crimen que tiene que ver con asesinos. ¡El otro!

- ¿En qué filmes se inspiró?

- En general, siempre me inspiré en la edad de oro del cine europeo, en directores como Fellini, De Sica, Truffaut, Godard y todos aquellos que hicieron la historia del cine. En Small Time Crooks, sin embargo, fueron decisivos los filmes de Lubitsch, que a mí me parece el mejor director cómico norteamericano, y la serie televisiva The Honeymooners, de Jackie Gleason.

- Hace poco usted dirigió e interpretó un comercial en Italia. ¿Lo hace sentir incómodo?

- No, en absoluto. Me pareció maravilloso y me gustaría seguir haciéndolo. Se gana una enorme suma de dinero por hacer algo que no produce ningún cansancio. Pagan más por una jornada de trabajo en un comercial, que por hacer dos películas. Es un sueño; es el mejor trabajo que tuve en la vida. Quisiera poder hacer uno por semana.

- Tracey Ullman dice que usted besa bien...

- ¿Y por qué le llama la atención? Es fácil; sólo hay que usar los labios. Una de las ventajas de mi trabajo es que, con el tiempo, he besado a Diane Wiest, Diane Keaton, Anjelica Huston, Julia Roberts, Elizabeth Shue... Besé a mujeres que nunca habría tenido la oportunidad de besar en la vida real.

- ¿Su mujer no es celosa?

- No, porque cuido mucho la manera en que se lo digo. Llego a casa con la cara entre las manos y digo: "Tuve un día terrible; tuve que besar a Julia Roberts durante media hora, y se hacía tarde para la comida".

- La película Picking Up the Pieces, de Alfonso Arau, en la cual usted interpreta un papel, se estrenará directamente en video (en los Estados Unidos). ¿Qué pasó?

- Todavía no vi la película, pero mientras la hacía me parecía que era buena. Vittorio Storaro, el director de fotografía, era fantástico, Alfonso Arau es excelente. Trabajé con gente increíble. Pienso que el tema habría sido muy bueno si no se hubiera tratado de un filme norteamericano. Si uno dice que vio una película sobre un hombre que corta a su mujer en pedazos y la entierra en el desierto pero pierde una mano y alguien la descubre y la lleva a una ciudad donde se descubre que la mano en cuestión puede realizar milagros, cualquiera puede pensar que se trata de un filme interesante mexicano, francés o italiano, pero no norteamericano, por cierto.

- ¿No tiene miedo de quedarse sin ideas?

- Ese es uno de los pocos problemas que no tengo. Lo dije hace unos años, cuando todos pensaban que Los Secretos de Harry era un filme autobiográfico y yo decía que el bloqueo de la escritura no era un problema mío. En casa tengo un montón de ideas escritas en papeles varios, ¡tantas que podría firmar un contrato por veinte películas con DreamWorks!

- ¿Alguna vez pensó que le habría gustado hacer otra cosa en la vida?

- Sí: ¡guardia en una cárcel de mujeres! A veces fantaseo con eso pero, aparte de eso, nunca quise ser ninguna otra cosa en la vida. Cuando era chico pensaba que mis padres eran dos criaturas terribles de otro planeta y que un día se sacarían el disfraz. Siempre me produce sorpresa y alegría pensar que pude salir de mi ambiente y tener una vida agradable. Muchos de los chicos con los que fui a la escuela no tuvieron tanta suerte e hicieron una vida muy chata.

- ¿Cómo era ese ambiente?

- Pobre y apacible. Era un mundo en el que la mayor parte de los chicos terminaba dedicándose a lo mismo que hacían sus padres: maestros o taxistas. Yo, en cambio, de pronto me encuentro viajando por todo el mundo, de la Casa Blanca a Nueva Orleans y al Ritz de París. Es muy distinto de lo que hicieron casi todos los chicos con los que crecí, que eran pobres, tenían pocas ambiciones y ninguna oportunidad. De no haber sabido escribir de manera ingeniosa, yo también habría terminado como ellos.

- Muy a menudo sus personajes son judíos. ¿Eso es importante para usted?

- En absoluto. Nunca me importó ser judío. De chico me obligaron a asistir durante años a una escuela judía. Tuve que aprender a leer y escribir hebreo, pero siempre pensé que era una tontería y que, cuando creciera, me liberaría de todo eso. Nunca fue algo de lo que me sintiera avergonzado ni orgulloso: la religión no sólo no significó nada para mí, sino que además considero que es algo peligroso y una pérdida de tiempo. En una religión, uno es miembro de un club en el que nunca se inscribió. Cuando tenía cinco años me dijeron que era judío, pero para mí fue lo mismo que si me hubieran dicho que era budista o católico: no le veía ningún sentido.

- ¿Cuál es la diferencia?

- Te dicen que no comas determinadas cosas en determinados días, y eso es una estupidez. De todos modos, tales tonterías no son exclusivas de los judíos. También caracterizan a los católicos y protestantes. En realidad es algo peor que una tontería, porque la religión es una excusa para manifestar hostilidad hacia los que son diferentes. Así, si alguien no es judío o católico, lo tratan como los blancos tratan a los negros, o como los negros tratarían a los blancos si estuvieran en una posición de poder.

Traducción: Cecilia Beltramo

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