Queremos tanto a Woody Allen

En la neurosis urbana de la clase media argentina está, según un periodista de Nueva York, la explicación para el éxito que el director de Los Secretos de Harry tiene en Buenos Aires.

Anthony Faiola.

Jueves 27 de agosto de 1998

Aquí, en lo que se ha denominado a veces la ciudad más neurótica del mundo, tal vez sea lógico que reine Woody Allen.

Es cierto, en la ligeramente paranoica, a menudo hipocondríaca, y siempre atormentada de culpa capital argentina, que ostenta el mayor número de psicoanalistas per cµpita de todo el planeta, el excéntrico actor director es lo que Jerry Lewis a los franceses: un estadounidense consagrado como un genio.

Sus filmes están siempre entre los más populares: Poderosa Afrodita y Todos dicen te quiero se consideran clásicos modernos. En menos de un mes su último filme, Los secretos de Harry atrajo a alrededor de un millón y medio de espectadores en Buenos Aires, comparado con menos de 400 mil durante su mes de estreno en Washington (Nota: tal recaudación correspondería a todo el país). Aquí sus filmes se proyectan en salas masivas, no de arte y ensayo. Llena salas durante meses.

Allen aparece en las tapas de las revistas y en el pecho de las remeras, y hasta algunos postres llevan su nombre: uno puede arrimarse a las mesas forjadas en hierro de un café del elegante barrio de la Recoleta y pedir un Woody Allen Banana Split.

¿Por qué Woody Allen en la ciudad del tango? Es simple: los argentinos, lo mismo que Allen, tienden a creer que tienen más problemas que el resto del mundo, y adoran analizarse hasta la muerte.

"Esto es Buenos Aires", dice Salvador Sammaritano, el más prominente entre los críticos de cine argentinos, un autodenominado agnóstico cuyos padres se llamaban María y José.

"¿Sabía que esta ciudad está llena de locos? Por eso amamos a Woody Allen. Nos parecemos a él y a sus personajes como nadie." La Argentina es el tercer mercado de Woody Allen, después de Estados Unidos y Francia. No habría que olvidar que Argentina tiene una población mucho menor, y un ingreso per cápita de 8.600 dólares comparado con 28.600 en Estados Unidos y 20.800 en Francia.

¿Y el escándalo con Soon-Yi Previn? Oigamos las palabras de un taxista de Buenos Aires: "Bueno, se consiguió una mujer más joven. ¿Qué hombre aquí no quisiera hacer lo mismo?", dijo Carlos Macci. "Es lógico, ¿no?" Basta con caminar por Villa Freud, una zona con gran concentración de psicoanalistas, para darse cuenta de que Buenos Aires encontró en Woody Allen su alma gemela.

Proporcionalmente, conserva la clase media más grande, mejor educada y más urbana de toda América latina. Pero esta clase media que constituye el público de Woody Allen vive en un país que tiene el tercio del ingreso per cápita de Estados Unidos y muchas menos posibilidades de lograr una vida acorde con su nivel educativo y su trabajo, lo cual los deja siempre mal correspondidos e insatisfechos.

Este país de 34 millones de habitantes está mayoritariamente poblado por gente de ascendencia europea, que se siente culturalmente distante de sus vecinos mestizos latinoamericanos. Lo cual contribuyó a sustentar la mala fama argentina de aislamiento y soberbia.

Otro detalle: Buenos Aires, una ciudad sofisticada, apodada a menudo la París de América latina, alberga a 300 mil judíos, la comunidad de ese origen más grande fuera de Estados Unidos y Oriente Medio. La mayor parte del resto de la población es católica romana. Con estos datos, ya está todo dicho sobre la culpa.

"Creo que nos resulta fácil simpatizar con Woody Allen", dice Mirna Girolimini, de 34 años, una psicóloga de Buenos Aires que está en la fila para ver Los secretos de Harry. "Sus filmes siempre tienen que ver con el análisis de personajes, gente con problemas con los que puede identificarse una mentalidad urbana. Tenemos un parentesco con él y su búsqueda de una identidad." Si se pone a mirar una comedia de Eddie Murphy o un episodio de Seinfeld con un grupo de argentinos, un estadounidense a menudo se encontrará con que el único que se ríe es él. Pero con Los secretos de Harry los argentinos no sólo se ríen, sino que se ríen muy oportunamente.

Durante una proyección reciente de Los secretos de Harry, toda la sala parecía dispuesta a desternillarse de risa desde las escenas iniciales, en que Julia Louis Dreyfus tiene sexo interminablemente con su cuñado, hasta las últimas escenas de Woody Allen con una prostituta llamada Cookie. Para los argentinos esas escenas aparentemente interminables dentro de los consultorios de los terapeutas son particularmente hilarantes.

"Su comedia es psicológica, inteligente, y está muy asociada con personajes que tratan de entenderse a sí mismos", dice Girolimini. "Es muy argentino".

(Traducción: Marta Vassallo)

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